La necesidad de justificarse.
Dicen que quien no vive como piensa, tarde o temprano hace los acomodos ideológicos necesarios y de alguna manera se las arregla para pensar como vive. En honor a la verdad, es posible aceptar que en algunos casos puntuales particularmente desafortunados el individuo puede llegar a encontrarse frente a una situación imposible de modificar, y no le queda sino acostumbrarse y poco a poco, la mayoría de las veces inconscientemente, ir modificando sus creencias para poder seguir viviendo, poner al mal tiempo buena cara e ir tirando, poder mirarse al espejo todas las mañanas sin caer en el espanto. El problema es que con el paso del tiempo ese individuo se va olvidando de sus ideales originales, digamos incontaminados, incluso pierde la memoria de que alguna vez los tuvo, y llega al absurdo de no sólo sostener esta nueva valoración que las restricciones del destino le han impuesto, sino a conformarse con ella a tal grado, que le parece que es lo mejor, y llega a considerar normal y deseable tratar de imponerla al prójimo, incluso a los casos afortunados que no se encuentran sujetos a las lamentables restricciones que lo obligaron a él a aceptar esta situación en primer término. Le parece que su situación es la normal, y normal le parece también forzar al otro a caer en esta situación. Los norteamericanos, con su incuestionable sabiduría práctica, dicen en estas ocasiones ‘misery loves company’, o sea que la miseria ama la compañía. El problema es que a veces no es por mezquindad o envidia, sino pura ceguera y falta de sinceridad para aceptar que si pudiera, uno haría las cosas de otra manera. Aunque en otros casos más sombríos esa opción es más consciente y directamente basada en la envidia y el rencor ante quien pretende valorar y defender sus libertades más que uno, habráse visto. Otra razón para estar atento y no dejarse convencer así como así.
Dicen que quien no vive como piensa, tarde o temprano hace los acomodos ideológicos necesarios y de alguna manera se las arregla para pensar como vive. En honor a la verdad, es posible aceptar que en algunos casos puntuales particularmente desafortunados el individuo puede llegar a encontrarse frente a una situación imposible de modificar, y no le queda sino acostumbrarse y poco a poco, la mayoría de las veces inconscientemente, ir modificando sus creencias para poder seguir viviendo, poner al mal tiempo buena cara e ir tirando, poder mirarse al espejo todas las mañanas sin caer en el espanto. El problema es que con el paso del tiempo ese individuo se va olvidando de sus ideales originales, digamos incontaminados, incluso pierde la memoria de que alguna vez los tuvo, y llega al absurdo de no sólo sostener esta nueva valoración que las restricciones del destino le han impuesto, sino a conformarse con ella a tal grado, que le parece que es lo mejor, y llega a considerar normal y deseable tratar de imponerla al prójimo, incluso a los casos afortunados que no se encuentran sujetos a las lamentables restricciones que lo obligaron a él a aceptar esta situación en primer término. Le parece que su situación es la normal, y normal le parece también forzar al otro a caer en esta situación. Los norteamericanos, con su incuestionable sabiduría práctica, dicen en estas ocasiones ‘misery loves company’, o sea que la miseria ama la compañía. El problema es que a veces no es por mezquindad o envidia, sino pura ceguera y falta de sinceridad para aceptar que si pudiera, uno haría las cosas de otra manera. Aunque en otros casos más sombríos esa opción es más consciente y directamente basada en la envidia y el rencor ante quien pretende valorar y defender sus libertades más que uno, habráse visto. Otra razón para estar atento y no dejarse convencer así como así.

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