Tuesday, September 13, 2005

Costos del subdesarrollo.

Como ingeniero que soy, aunque a ratos se me olvide, trabajo en proyectos. Principalmente los evalúo, pero también como evaluador entrego recomendaciones para el diseño y en ocasiones me toca interactuar con diferentes actores involucrados de modo de asegurar que mis recomendaciones sean comprendidas, una labor de comunicación; y que sean efectivamente implementadas si la cantidad de recursos disponibles y los compromisos de distinto tipo lo permiten, una labor de gestión. Lo que más me gusta es la evaluación, aunque casi siempre termino entregando resultados que no le gustan a nadie pero por su propio carácter numérico son incontrovertibles, esa es la gracia de trabajar con números: las cifras no reclaman y si sabes trabajarlas es difícil que alguien las rechace. Son valores objetivos. En un rango determinado y bajo hipótesis establecidas, por supuesto. Hay un placer innegable en entregar un producto que nadie puede discutir, y una sensación de poder en saber que el destino de un proyecto que es importante para alguna gente depende del resultado de tu trabajo. Por supuesto, eso obliga a hacerlo responsablemente, pues con un gran poder viene una gran responsabilidad, como dijo el Hombre Araña, pero eso mismo refuerza el valor de la evaluación de proyectos. Pero no puedo dejar de reconocer que últimamente le he ido encontrando un gustillo al diseño, por la gracia que tiene participar en algo cuyo resultado final es visible y tangible, y ligado con eso es innegable que el diseñador llega a sentirse un pequeño dios: hasta el tipo que arma el más sencillo de los muebles modulares siente el placer de la creación. Tenía razón Víctor Jara: el hombre es un creador, o por lo menos eso nos permitimos creer en nuestras horas más optimistas. Pero en estas labores, inevitablemente, no es sencillo mantener el optimismo, porque uno pronto se da cuenta que el diseño de diversos sistemas en un país como el nuestro, resulta mucho más caro que en un país con más cultura, porque el diseño debe incluir todos los elementos que aseguren que ni los usuarios ni los operadores puedan encontrar una forma de burlar el sistema. Porque si se deja la posibilidad, es seguro que harán trampa. No como los gringos tontos, que no se les ocurre nada de eso. Y terminan pagando por sus sistemas mucho menos que nosotros, o pueden permitirse incluir factores estéticos en sus diseños, un lujo tan lejano para nuestras realidades. Algún filósofo identificó la astucia como la virtud del pueblo bajo: estamos lejos del clasismo, pero esta evidencia parece mostrar con claridad una relación de causa y efecto entre picardía y pobreza. Uno de tantos círculos viciosos en nuestro viciado entorno, costo directo del subdesarrollo.

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