Tuesday, September 27, 2005

El domingo pasado fui a la nieve, no podía dejar que terminara la temporada sin subir a esquiar. Se me puede olvidar. Buena decisión, un día maravilloso en la cordillera chillaneja y aunque cueste creerlo, a fines de septiembre aún queda bastante nieve. Mejor aún, como las expectativas eran más bien bajas la sorprendente realidad alegraba el corazón. La noche anterior hice un esfuerzo por portarme bien y puse el despertador a las seis, fuera del alcance de mi brazo de modo que estaba obligado a levantarme para apagarlo. Llegué a la hora para tomar el bus de las 6:50 en el terminal Collao y como a las diez estaba en las Termas. Dormí en el trayecto, de acuerdo a lo planificado. A eso de las diez y media estaba ticket en la mano y completamente equipado. Antes de la una comenzaron los síntomas de cansancio, tipo una y media paré para almorzar y descansar. De algo sirvió pero igual como a las dos y media o tres ya no quería más guerra. A las tres y media entregué las herramientas, como dice mi colega Mario Fuentes. La nieve estaba bien, la luz era suficiente y la temperatura agradable, pero yo no daba más. En parte porque últimamente no he hecho mucha preparación física, en parte por mi imperfecta técnica, en parte por haber practicado apenas dos veces en los últimos dos años, lo que da un promedio inmediato de una vez al año (no hace daño). Nadie puede. En ningún momento caí por torpeza, pero en dos ocasiones tuve que tirarme en el suelo a descansar para reponer fuerzas. El frío de la nieve era lo de menos. Lo divertido del asunto es que en esos últimos y porfiados descensos por el Beno, el cansancio era tal que llegué a sentir una curiosa consciencia de mi esqueleto, al sentir la licuefacción de los músculos de mis piernas –es cierto, mi pierna entró en fluencia para ponerlo en términos mecánicos- llegó a ser evidente que lo único que me sostenía era mi osamenta, el fému que le dicen. Y el complejo tibia-peroné. Mi vieja rodilla también estuvo a la altura. Hacía mucho tiempo que no tenía una experiencia sensorial de ese tipo, desde mis exploraciones místicas en el desierto de Sonora, México, en que llegué a sentir que mi bulbo raquídeo era un cactus aprisionado en este envoltorio de carne y huesos. Pero eso es otra historia. Otros tiempos, cuando era más joven y más maldito. Recuerdos de vidas pasadas. Cuidado con el cactusss...

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