Friday, September 16, 2005

El mundo es un gran concurso literario. En el fondo, si se quiere, pero no tan en el fondo. Porque nuestro universo humano no es más que un conjunto de relatos, en el sentido que cada uno de nosotros tiene su propia explicación, su punto de vista particular, sus objetivos y su estrategia personal para conseguir esos objetivos: digamos que cada persona tiene su cuento, aunque la expresión puede resultar excesiva. Algunos relatos se encuentran más extendidos que otros, lo que hace que sus defensores reaccionen con violencia cuando alguien tiene el mal gusto de recordarles su condición de tales. Pobre del que llegue a poner en duda la validez universal de los acuerdos que alguna vez se tomaron para enfrentar una situación puntual y con el tiempo se fueron haciendo costumbre hasta aceptarse como reglas generales de aplicación universal. Ayer nada más todo el mundo occidental comulgaba con ruedas de carreta y los pocos que se atrevían a poner en duda el discurso oficial terminaban en la hoguera. Hoy hemos avanzado algo por el lado de la tolerancia, pero siempre hay quienes buscan imponer sus relatos por sobre el resto y lograr la ansiada hegemonía que daría a esa narración particular el carácter de verdad absoluta, y no de un relato más entre tantos. Pobre gente, la mayoría lo hace por mera necesidad, no están preparados para vivir en este mundo cambiante e incierto y su debilidad les hace necesitar con desesperación algo sólido donde apoyarse cuando todo parece desmoronarse. Nunca aprendieron a dejarse llevar y disfrutar la inigualable voluptuosidad que da la libertad de no estar atado a nada, lanzarse a lo desconocido como decía el filósofo. No participaron en la creación del relato sino que lo asumieron como verdad última sin mayores cuestionamientos y ahora pagan el precio, el problema es que no están dispuestos y pretenden en cambio obligar a todo el mundo a aceptar por leyes los cuentos que sus padres les contaban para hacerlos dormir tranquilos. Su motivación inicial no es hacer daño al prójimo, pero lamentablemente reaccionan con ferocidad ante quien tiene el atrevimiento de hacerles notar que sus relatos son una posibilidad entre tantas y no hay razón para sus ansias hegemónicas. No pueden actuar de otra forma, lo hacen en defensa propia, creen de buena fe que su supervivencia va en ello y tal vez a estas alturas tengan razón. Eso no los justifica en sus horrorosas acciones, por supuesto, pero al menos sirve para entenderlos. Sin embargo, uno pensaría que ese debiera ser el próximo paso evolutivo de la humanidad: liberarse definitivamente de las supersticiones, eso sería progreso de verdad. Aprender a mirar el mundo con asombro, con ojos maravillados, dejando el miedo en el olvido. Agradecer que el mundo se resista a nuestras pobres categorías, que nunca terminemos de entenderlo del todo porque así nos brinda infinidad de posibilidades de seguir aprendiendo y creciendo, desarrollándonos a fin de cuentas. Hay que cambiar el chip. Mientras tanto, no queda sino moverse entre toda esta maraña de cuentos tratando que los relatos de la amargura, la envidia y el rencor no nos afecten y practicar la escritura –quizá empezar un blog- para que nuestros relatos sean cada vez mejores. Que a lo mejor no es tan exagerado pensar que en ello se nos puede ir la vida y el futuro de la humanidad. El eterno sueño heroico del que escribe, como si alguna vez alguien fuera a apreciarlo y agradecerlo.

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