Insultando al otro.
El viejo y querido New York Times comenta que actualmente el sistema judicial norteamericano considera aumentar las multas y penas contra quienes profieran insultos al aire en programas de radio o tv, luego de lo cual pasa a analizar los fundamentos de una medida de ese corte y hasta revisa la historia de las palabrotas, para terminar con el clásico análisis sociológico. Llega a la razonable conclusión de que la puteada es un excelente –y sorprendentemente subvalorado- método de manejo de la ira. Que sirve como válvula de escape antes de que las cosas pasen a mayores, que ese tipo de palabras llaman la atención del auditor con más fuerza que los vocablos comunes. También que son una muestra de sentirse cómodo, en el sentido que cuando estás con amigos sueltas más chuchadas que en ocasiones normales, o sea que es una forma de decir hey, estoy entre amigos, qué tanto. O que el escucharlos provoca tal reacción que no permite concentrarse en otra cosa. En algo que toca a nuestro país y sus extrañas conductas orales, un Dr. Deutscher menciona un par de cosas interesantes: primero, que “en algunas culturas, las palabrotas son sacadas principalmente del sexo y funciones corporales, mientras que en otras salen del ámbito de la religión.” No es difícil ver dónde estamos nosotros, y no es raro pensando que nuestra religiosidad normalmente no pasa de lo formal. Luego este mismo señor afirma que en sociedades donde la pureza y el honor de las mujeres tiene importancia capital (al menos tradicional o aparentemente), “no es sorprendente que muchas imprecaciones sean variaciones del tema “hijo de puta” o se refieran gráficamente a los genitales de la madre o hermanas del otro.” Eso dicen estos conchesumadres. ¿Será verdad? Evidentemente la puteada es una extraña forma de comunicarse con el otro, sin embargo es una forma al fin. Se rebaja al otro mediante el mensaje, pero sin desconocer que nos importa tanto como para comunicarnos con él y tratar de herirlo o humillarlo. Con esos antecedentes podría pensarse que en general se insulta en defensa propia, porque sentimos que alguien cuya opinión nos interesa nos está pasando a llevar. ¿Ustedes qué creen? Ah, qué tanto, si quieren opinan y si no váyanse a la …
Ubicación original de la fuente:
http://www.nytimes.com/2005/09/20/science/20curs.html
El viejo y querido New York Times comenta que actualmente el sistema judicial norteamericano considera aumentar las multas y penas contra quienes profieran insultos al aire en programas de radio o tv, luego de lo cual pasa a analizar los fundamentos de una medida de ese corte y hasta revisa la historia de las palabrotas, para terminar con el clásico análisis sociológico. Llega a la razonable conclusión de que la puteada es un excelente –y sorprendentemente subvalorado- método de manejo de la ira. Que sirve como válvula de escape antes de que las cosas pasen a mayores, que ese tipo de palabras llaman la atención del auditor con más fuerza que los vocablos comunes. También que son una muestra de sentirse cómodo, en el sentido que cuando estás con amigos sueltas más chuchadas que en ocasiones normales, o sea que es una forma de decir hey, estoy entre amigos, qué tanto. O que el escucharlos provoca tal reacción que no permite concentrarse en otra cosa. En algo que toca a nuestro país y sus extrañas conductas orales, un Dr. Deutscher menciona un par de cosas interesantes: primero, que “en algunas culturas, las palabrotas son sacadas principalmente del sexo y funciones corporales, mientras que en otras salen del ámbito de la religión.” No es difícil ver dónde estamos nosotros, y no es raro pensando que nuestra religiosidad normalmente no pasa de lo formal. Luego este mismo señor afirma que en sociedades donde la pureza y el honor de las mujeres tiene importancia capital (al menos tradicional o aparentemente), “no es sorprendente que muchas imprecaciones sean variaciones del tema “hijo de puta” o se refieran gráficamente a los genitales de la madre o hermanas del otro.” Eso dicen estos conchesumadres. ¿Será verdad? Evidentemente la puteada es una extraña forma de comunicarse con el otro, sin embargo es una forma al fin. Se rebaja al otro mediante el mensaje, pero sin desconocer que nos importa tanto como para comunicarnos con él y tratar de herirlo o humillarlo. Con esos antecedentes podría pensarse que en general se insulta en defensa propia, porque sentimos que alguien cuya opinión nos interesa nos está pasando a llevar. ¿Ustedes qué creen? Ah, qué tanto, si quieren opinan y si no váyanse a la …
Ubicación original de la fuente:
http://www.nytimes.com/2005/09/20/science/20curs.html

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