La única regla ética universal.
Los que saben de estas cosas están de acuerdo en algo: hay una sola regla ética aplicable en todo caso y situación, y tiene su fundamento en la reciprocidad. No hagas a otros lo que no quisieras que te hagan a ti. Ésa es la norma básica de convivencia, y quien la quiebra muestra un absoluto desprecio por el prójimo. Usualmente los tiranos o aprendices de tiranos la quebrantan invocando estados de excepción, razones de bien superior, a veces hasta por el propio bien del afectado, quien no es capaz de captar todas las aristas de una determinada situación, entonces requiere la ayuda desinteresada de una mente más esclarecida que le facilite las cosas. Pero nadie tiene derecho a tomar decisiones por otro sin que éste lo haya autorizado: eso, en rigor, no es ayudar, sino coaccionar. Utilicemos bien el lenguaje. Recurro al luminoso ensayo Sobre la libertad (On Liberty) de John Stuart Mill, que se encuentra disponible en su lengua original en el sitio de Bartleby punto com entre otros (ver link abajo), aunque sea sospechosamente difícil de encontrar en castellano en las librerías. Una vez más damos gracias a la red por existir y aprovechamos sus facilidades para divulgar la palabra. La traducción del párrafo escogido es de un servidor, que sin ser traductor titulado y con el debido respeto al colegio profesional correspondiente, mi inglés es fluido y algo he leído sobre el tema. http://www.bartleby.com/25/2/
“Ni una persona, ni un grupo de personas, tiene el derecho a decirle a otro ser humano, que no debe hacer con su vida por su propio bien lo que él decide hacer con ella. Él es la persona más interesada en su propio bienestar: el interés que cualquier otra persona pueda tener en esto, es menor comparado con el suyo propio; el interés que la sociedad tiene en él individualmente (excepto en su conducta hacia los otros) es fraccional, y de cualquier manera indirecto: mientras que, con respecto a sus propios sentimientos y circunstancias, el hombre o mujer más ordinario posee medios de conocimiento inmensamente superiores a los que pueda tener cualquier otro. La interferencia de la sociedad para violentar su juicio y propósitos en lo que le concierne únicamente a él, por fuerza ha de estar basada en presunciones generales; las que pueden ser en principio equivocadas, e incluso si fueran correctas, son tan posibles de ser bien como mal aplicadas a casos individuales, por personas que no están mejor familiarizadas con las circunstancias de esos casos que aquellos que miran meramente desde afuera. En este departamento, entonces, de asuntos humanos, la Individualidad tiene su propio campo de acción. En la conducta de los seres humanos hacia otros, es necesario que en la mayor parte se observen reglas generales, en orden a que la gente sepa qué esperar; pero en los asuntos de cada persona, su espontaneidad individual está permitida de ejercitarse libremente. Consideraciones para ayudar su juicio, exhortaciones para endurecer su voluntad, pueden ser ofrecidas a él, aún groseramente, por otros; pero es él y sólo él el juez final. Todos los errores que pueda cometer desoyendo consejos y advertencias, pesan mucho menos que el mal de dejar que otros lo obliguen a hacer lo que a ellos les parece mejor.”
Los que saben de estas cosas están de acuerdo en algo: hay una sola regla ética aplicable en todo caso y situación, y tiene su fundamento en la reciprocidad. No hagas a otros lo que no quisieras que te hagan a ti. Ésa es la norma básica de convivencia, y quien la quiebra muestra un absoluto desprecio por el prójimo. Usualmente los tiranos o aprendices de tiranos la quebrantan invocando estados de excepción, razones de bien superior, a veces hasta por el propio bien del afectado, quien no es capaz de captar todas las aristas de una determinada situación, entonces requiere la ayuda desinteresada de una mente más esclarecida que le facilite las cosas. Pero nadie tiene derecho a tomar decisiones por otro sin que éste lo haya autorizado: eso, en rigor, no es ayudar, sino coaccionar. Utilicemos bien el lenguaje. Recurro al luminoso ensayo Sobre la libertad (On Liberty) de John Stuart Mill, que se encuentra disponible en su lengua original en el sitio de Bartleby punto com entre otros (ver link abajo), aunque sea sospechosamente difícil de encontrar en castellano en las librerías. Una vez más damos gracias a la red por existir y aprovechamos sus facilidades para divulgar la palabra. La traducción del párrafo escogido es de un servidor, que sin ser traductor titulado y con el debido respeto al colegio profesional correspondiente, mi inglés es fluido y algo he leído sobre el tema. http://www.bartleby.com/25/2/
“Ni una persona, ni un grupo de personas, tiene el derecho a decirle a otro ser humano, que no debe hacer con su vida por su propio bien lo que él decide hacer con ella. Él es la persona más interesada en su propio bienestar: el interés que cualquier otra persona pueda tener en esto, es menor comparado con el suyo propio; el interés que la sociedad tiene en él individualmente (excepto en su conducta hacia los otros) es fraccional, y de cualquier manera indirecto: mientras que, con respecto a sus propios sentimientos y circunstancias, el hombre o mujer más ordinario posee medios de conocimiento inmensamente superiores a los que pueda tener cualquier otro. La interferencia de la sociedad para violentar su juicio y propósitos en lo que le concierne únicamente a él, por fuerza ha de estar basada en presunciones generales; las que pueden ser en principio equivocadas, e incluso si fueran correctas, son tan posibles de ser bien como mal aplicadas a casos individuales, por personas que no están mejor familiarizadas con las circunstancias de esos casos que aquellos que miran meramente desde afuera. En este departamento, entonces, de asuntos humanos, la Individualidad tiene su propio campo de acción. En la conducta de los seres humanos hacia otros, es necesario que en la mayor parte se observen reglas generales, en orden a que la gente sepa qué esperar; pero en los asuntos de cada persona, su espontaneidad individual está permitida de ejercitarse libremente. Consideraciones para ayudar su juicio, exhortaciones para endurecer su voluntad, pueden ser ofrecidas a él, aún groseramente, por otros; pero es él y sólo él el juez final. Todos los errores que pueda cometer desoyendo consejos y advertencias, pesan mucho menos que el mal de dejar que otros lo obliguen a hacer lo que a ellos les parece mejor.”

0 Comments:
Post a Comment
<< Home