Thursday, September 29, 2005

Las machas de Concepción.

Exponente destacado dentro de la notable galería de frutos de mar de nuestras costas, las machas (razor clams para los turistas que nos visitan) han mostrado una notoria merma desde los tiempos de mi infancia hasta el día de hoy. En la playa de Curiñanco, costa de la provincia de Valdivia, donde mi familia siempre veraneó por respeto a los antepasados, cuando yo era niño todos los años salían al final de la Playa Grande. Mi familia hacía excursiones por el día y hasta yo -que no adquirí el gusto por los mariscos hasta entrada la adolescencia- participaba del ritual del twist en la arena, para contribuir con un par de moluscos a los sacos que llenaba el esfuerzo de los demás. Hace varios años que no salen, de vez en cuando aparecen en Calfuco, que queda a un par de kilómetros pero se corre la voz y pronto los locales y otros pescadores terminan con todo. Curiosamente hace un par de años fui a La Serena con la familia de mi hermana y de repente, en plena playa y con todos los veraneantes, de pronto vimos al lado nuestro un par de gorditos ejecutando movimientos que conocíamos. Mi hermana empezó a vigilarlos y pronto vimos que su labor lograba frutos. Los imitamos y esa noche saboreamos una grata cena con machas a la parmesana, igual que al día siguiente. En fin, el asunto es que ya dos veces he pedido machas en restaurantes de aquí en Concepción. Primero en el restaurante chino de aquí cerca de la oficina, para encontrarme cara a cara con un abundante plato de navajuelas, que son como las hermanas chicas de las machas. Chicas y duras, pero igual la porción era generosa, el precio razonable y estaban bien hechas, de hecho he vuelto a pedirlas en otras visitas. Pero machas no son. Desde la semana pasada he estado conociendo el mercado local, y el otro día pedí una entrada de machas, para recibir un buen plato de algo que parecían almejas comunes. Bien hechas, es cierto. Abundantes, ciertamente. Y por el precio irrisorio no podían ser machas de verdad, también es verdad. Pero me nace la duda: ¿cuál es la idea? ¿No conocen las machas en esta zona? ¿Tal vez alguna vez hubo abundancia y ahora son escasas, quedando el nombre como sinónimo de los buenos tiempos que se fueron y no han de volver? ¿O la marca ‘macha’ está tan bien posicionada que nadie quiere reconocer que lo que ofrece es otra cosa? ¿O derechamente creen que uno es hijo de la vieja huevona y no ha visto nunca una macha en la vida? Misterio, lo único claro es que en todas partes me pasan gato por liebre. Tal vez sea un asunto de precios, uno de estos días voy a hacer el experimento de pedir machas en el restaurante un poquito más caro de aquí del centro. La última esperanza.

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