Pesimismo y Subdesarrollo.
En uno de mis eternos retornos a Puerto Escondido, estado de Oaxaca, mi México lindo y querido por más señas, por ahí por diciembre de este año 2004 pasado, me tocó conocer un buen grupo de amigos. En rigor a mi viejo y querido Peter Dirks de Utrecht lo había conocido en Zihua pero nuestras rutas coincidieron por un tramo, pues de ahí bajamos a Puerto y más tarde llegaríamos hasta Oaxaca luego de un breve paso por Mazunte y un pueblo mágico en la Sierra Madre del Sur cuyo nombre no me interesa ventilar. Ese tramo lo hicimos con Mike Emery de Pórtland, Oregon, a quien conocimos acá en Puerto. Igual que a las bellas Jose y Sol de Argentina, que sacaron la cara por la mujer sudaca, Liz que hacía lo propio por las australianas, Monica y Luc de Suiza y tres australianos locos, Josh y los otros dos cuyo nombre no logro recordar. Con ellos estábamos una tarde aguantando el sol en la playa de Carrizalillo (Mike y Liz llegaron un rato más tarde y parece que había uno solo de los australianos, la memoria es frágil). Arrendamos una sombrilla, tomamos unas cervezas, hablamos de la vida, nos zambullíamos cada cierto tiempo, cada quien flirteaba un poquito al menos con un representante del sexo opuesto, la mayoría con más de uno, en fin, días de playa, sol y relajo en un paisaje paradisíaco sin tener que pagar los precios del Yucatán o Vallarta. Pero no es por nostalgia o mostrar lo glamorosa que ha sido en ocasiones mi vida que escribo estas lineas. No, esto tiene un propósito claro y determinado, establecer un punto que me interesa. Y es que en algún momento de la tarde, para variar la entretención, buscar nuevas emociones y coquetear despreocupadamente, Jose y Sol sugirieron dar una vuelta en un banana boat que andaba dando vueltas. Ya se nos había acercado un tipo a ofrecer el servicio, nadie lo había pescado mucho pero las chicas se acordaron y luego de regatear un par de pesos llegaron a un acuerdo. Con ellas fuimos Peter, el otro australiano, las chicas y un servidor. O sea, las chicas y tres babosos de diferentes continentes. Monica y Luc no participaron. Ése es el punto. Porque más tarde, luego del vértigo, los gritos, las caídas, el agua tragada y toda la sana entretención, cuando todos compartíamos nuevamente unas coronas bajo la palapa, escuché a Monica explicando a Peter que no se había unido a nosotros por una preocupación esencialmente ecológica, dijo textualmente que “trataba siempre de no dejar la huella de sus pies”. En inglés, claro, pues aunque ellos dos podrían haber usado el alemán el grupo hablaba sólo inglés y español. Lo dijo sin estridencias, sin escandalizarse por nuestro comportamiento ni llamarnos la atención. Con respeto, simplemente le preguntaron y ella explicó sus razones. Peter no dijo nada, tal vez pensando que él hubiera hecho lo mismo si no hubiera sido por el bikini de Sol, nunca le pregunté. Pero Luc asintió y dijo que su abstención tenía esa misma causa. No se lo traduje a las chicas, que podrían haberlo tomado mal, pero el asunto me dejó pensando. Pensando lo raro que es para nosotros esa forma de pensar, que las chicas simplemente se divertían despreocupadamente, que no sé cuál sería la posición de Peter y el aussie guy pero seguimos a las chicas, pero sé que a mí jamás se me pasó por la mente algo así. Y llegué a la conclusión que es básicamente por mi pesimismo latinoamericano nacido de la experiencia. Que mi vida no es tan dura, tengo claro que hay millones de personas que lo pasan mucho peor que yo. Pero seguro que por vivir en esta parte del mundo, con las limitadas oportunidades de desarrollarnos, de expresarnos y todo eso nunca pensé en dejar o no mi fuckin’ footprint, porque tendría que ser suizo para creer que importe en algún sentido, porque aquí en Sudamérica estamos seguros que una persona no hace ninguna diferencia. Ni para bien ni para mal, aparte que mi entrenamiento matemático me lo refuerza por el lado de la significancia estadística. Pero Monica trabajaba en un banco o una compañía de seguros y era bien despierta, entonces algo de números debe haber sabido pero aún así tenía esa idea incomprensiblemente optimista de que por dejar de subirse al banana boat iba a haber un poco menos de petróleo en el Pacífico mexicano. Y yo, que lucho todos los días por ser optimista y no terminar de perder la inocencia, armando sus pedacitos cada vez que me la hacen trizas me daba cuenta de repente que ese optimismo lo había perdido quién sabe hace cuántos años porque no recordaba haberlo tenido nunca. Tampoco puedo recobrarlo, por más que me preocupe de no generar mal karma y todo eso es más bien por si acaso, llegar a creer de verdad que puedo hacer alguna diferencia está fuera de mis posibilidades. Así de simple. Aún así, hago lo que tengo que hacer pero lo hago sin mayores esperanzas, “sin meta ni espíritu de provecho” dicen los maestros zen.
En uno de mis eternos retornos a Puerto Escondido, estado de Oaxaca, mi México lindo y querido por más señas, por ahí por diciembre de este año 2004 pasado, me tocó conocer un buen grupo de amigos. En rigor a mi viejo y querido Peter Dirks de Utrecht lo había conocido en Zihua pero nuestras rutas coincidieron por un tramo, pues de ahí bajamos a Puerto y más tarde llegaríamos hasta Oaxaca luego de un breve paso por Mazunte y un pueblo mágico en la Sierra Madre del Sur cuyo nombre no me interesa ventilar. Ese tramo lo hicimos con Mike Emery de Pórtland, Oregon, a quien conocimos acá en Puerto. Igual que a las bellas Jose y Sol de Argentina, que sacaron la cara por la mujer sudaca, Liz que hacía lo propio por las australianas, Monica y Luc de Suiza y tres australianos locos, Josh y los otros dos cuyo nombre no logro recordar. Con ellos estábamos una tarde aguantando el sol en la playa de Carrizalillo (Mike y Liz llegaron un rato más tarde y parece que había uno solo de los australianos, la memoria es frágil). Arrendamos una sombrilla, tomamos unas cervezas, hablamos de la vida, nos zambullíamos cada cierto tiempo, cada quien flirteaba un poquito al menos con un representante del sexo opuesto, la mayoría con más de uno, en fin, días de playa, sol y relajo en un paisaje paradisíaco sin tener que pagar los precios del Yucatán o Vallarta. Pero no es por nostalgia o mostrar lo glamorosa que ha sido en ocasiones mi vida que escribo estas lineas. No, esto tiene un propósito claro y determinado, establecer un punto que me interesa. Y es que en algún momento de la tarde, para variar la entretención, buscar nuevas emociones y coquetear despreocupadamente, Jose y Sol sugirieron dar una vuelta en un banana boat que andaba dando vueltas. Ya se nos había acercado un tipo a ofrecer el servicio, nadie lo había pescado mucho pero las chicas se acordaron y luego de regatear un par de pesos llegaron a un acuerdo. Con ellas fuimos Peter, el otro australiano, las chicas y un servidor. O sea, las chicas y tres babosos de diferentes continentes. Monica y Luc no participaron. Ése es el punto. Porque más tarde, luego del vértigo, los gritos, las caídas, el agua tragada y toda la sana entretención, cuando todos compartíamos nuevamente unas coronas bajo la palapa, escuché a Monica explicando a Peter que no se había unido a nosotros por una preocupación esencialmente ecológica, dijo textualmente que “trataba siempre de no dejar la huella de sus pies”. En inglés, claro, pues aunque ellos dos podrían haber usado el alemán el grupo hablaba sólo inglés y español. Lo dijo sin estridencias, sin escandalizarse por nuestro comportamiento ni llamarnos la atención. Con respeto, simplemente le preguntaron y ella explicó sus razones. Peter no dijo nada, tal vez pensando que él hubiera hecho lo mismo si no hubiera sido por el bikini de Sol, nunca le pregunté. Pero Luc asintió y dijo que su abstención tenía esa misma causa. No se lo traduje a las chicas, que podrían haberlo tomado mal, pero el asunto me dejó pensando. Pensando lo raro que es para nosotros esa forma de pensar, que las chicas simplemente se divertían despreocupadamente, que no sé cuál sería la posición de Peter y el aussie guy pero seguimos a las chicas, pero sé que a mí jamás se me pasó por la mente algo así. Y llegué a la conclusión que es básicamente por mi pesimismo latinoamericano nacido de la experiencia. Que mi vida no es tan dura, tengo claro que hay millones de personas que lo pasan mucho peor que yo. Pero seguro que por vivir en esta parte del mundo, con las limitadas oportunidades de desarrollarnos, de expresarnos y todo eso nunca pensé en dejar o no mi fuckin’ footprint, porque tendría que ser suizo para creer que importe en algún sentido, porque aquí en Sudamérica estamos seguros que una persona no hace ninguna diferencia. Ni para bien ni para mal, aparte que mi entrenamiento matemático me lo refuerza por el lado de la significancia estadística. Pero Monica trabajaba en un banco o una compañía de seguros y era bien despierta, entonces algo de números debe haber sabido pero aún así tenía esa idea incomprensiblemente optimista de que por dejar de subirse al banana boat iba a haber un poco menos de petróleo en el Pacífico mexicano. Y yo, que lucho todos los días por ser optimista y no terminar de perder la inocencia, armando sus pedacitos cada vez que me la hacen trizas me daba cuenta de repente que ese optimismo lo había perdido quién sabe hace cuántos años porque no recordaba haberlo tenido nunca. Tampoco puedo recobrarlo, por más que me preocupe de no generar mal karma y todo eso es más bien por si acaso, llegar a creer de verdad que puedo hacer alguna diferencia está fuera de mis posibilidades. Así de simple. Aún así, hago lo que tengo que hacer pero lo hago sin mayores esperanzas, “sin meta ni espíritu de provecho” dicen los maestros zen.

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