Arribismo.
Digamos que un pueblo decide olvidar toda su historia y aislarse de su entorno para poner todo su empeño en ser serios, cumplidores y confiables, digamos calculables, que es el objetivo de toda educación. No hay duda que es un objetivo loable, de otra manera no es posible construir una sociedad. El problema es cuando uno analiza el entorno y llega a la conclusión de que la única forma de cambiar es negar la pertenencia al vecindario donde se ha vivido toda la vida porque los vecinos no son de la clase que nos conviene y buscar amigos en barrios más confiables, que por coincidencia (por correlación, en realidad) son también más acomodados. Esto significa negar la propia identidad, generando una peligrosa disociación entre lo que se es y lo que se quiere ser, lo que en términos operativos puede ser útil para conseguir determinados objetivos materiales pero a un precio que puede llegar a ser muy alto en términos de salud mental. Además que los vecinos se sienten mirados en menos, lo que difícilmente va a tener un efecto positivo en las relaciones en el barrio. Para colmo de males cuando se trata de un país no existe la posibilidad de cambiarse de vecindario, ya es tarde para vender el país y comprarse un departamentito en París, como sugería alguien en el siglo pasado.
No se puede discutir la necesidad de terminar con la miseria y mejorar la calidad de vida de la población, ésos objetivos son irrenunciables. Tampoco se puede negar el derecho de todo individuo o grupo de individuos a reinventarse las veces que se quiera si es por objetivos deseables. Pero de ahí a negar los propios orígenes y despreciar a quienes no necesariamente han de compartir la óptica de portarse bien y tratar bien a los ricos, hay un trecho importante. Por lo menos fue Paraguay y no nosotros los que hicieron ese pacto con los gringos para permitirles instalar una base para los marines, eso habría sido poco elegante. En el sitio de La Nación, diario argentino, participé en una encuesta online donde la pregunta era quién quería uno que clasificara al mundial: Uruguay, Colombia y Chile. No es una sorpresa que la gran mayoría eligiera Uruguay, que es cruzar el río. Pero igual es fuerte que el segundo lugar fuera Colombia -a pesar de un 5-0 de visita que los argentinos no olvidan- y Chile el último. En mis viajes por Latinoamérica he podido constatar que después de los argentinos somos los menos populares. Por esto de creernos -igual que los argentinos- como que somos más europeos que el resto, que estamos en este continente por error, que de Arica y Jujuy para arriba son todos flojos, y para colmo morenos. Provincianismo puro, lógico en quien vive encajonado entre cordillera y mar, en el último lugar del mundo. ¿Para dónde vamos? ¿Vamos, de verdad, a alguna parte?
Digamos que un pueblo decide olvidar toda su historia y aislarse de su entorno para poner todo su empeño en ser serios, cumplidores y confiables, digamos calculables, que es el objetivo de toda educación. No hay duda que es un objetivo loable, de otra manera no es posible construir una sociedad. El problema es cuando uno analiza el entorno y llega a la conclusión de que la única forma de cambiar es negar la pertenencia al vecindario donde se ha vivido toda la vida porque los vecinos no son de la clase que nos conviene y buscar amigos en barrios más confiables, que por coincidencia (por correlación, en realidad) son también más acomodados. Esto significa negar la propia identidad, generando una peligrosa disociación entre lo que se es y lo que se quiere ser, lo que en términos operativos puede ser útil para conseguir determinados objetivos materiales pero a un precio que puede llegar a ser muy alto en términos de salud mental. Además que los vecinos se sienten mirados en menos, lo que difícilmente va a tener un efecto positivo en las relaciones en el barrio. Para colmo de males cuando se trata de un país no existe la posibilidad de cambiarse de vecindario, ya es tarde para vender el país y comprarse un departamentito en París, como sugería alguien en el siglo pasado.
No se puede discutir la necesidad de terminar con la miseria y mejorar la calidad de vida de la población, ésos objetivos son irrenunciables. Tampoco se puede negar el derecho de todo individuo o grupo de individuos a reinventarse las veces que se quiera si es por objetivos deseables. Pero de ahí a negar los propios orígenes y despreciar a quienes no necesariamente han de compartir la óptica de portarse bien y tratar bien a los ricos, hay un trecho importante. Por lo menos fue Paraguay y no nosotros los que hicieron ese pacto con los gringos para permitirles instalar una base para los marines, eso habría sido poco elegante. En el sitio de La Nación, diario argentino, participé en una encuesta online donde la pregunta era quién quería uno que clasificara al mundial: Uruguay, Colombia y Chile. No es una sorpresa que la gran mayoría eligiera Uruguay, que es cruzar el río. Pero igual es fuerte que el segundo lugar fuera Colombia -a pesar de un 5-0 de visita que los argentinos no olvidan- y Chile el último. En mis viajes por Latinoamérica he podido constatar que después de los argentinos somos los menos populares. Por esto de creernos -igual que los argentinos- como que somos más europeos que el resto, que estamos en este continente por error, que de Arica y Jujuy para arriba son todos flojos, y para colmo morenos. Provincianismo puro, lógico en quien vive encajonado entre cordillera y mar, en el último lugar del mundo. ¿Para dónde vamos? ¿Vamos, de verdad, a alguna parte?

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