Ayer tuve una epifanía de esas que te dejan con la boca abierta por un buen rato, y no es para menos: descubrí qué es lo fundamental que me separa de mis semejantes. No es la ética del rigor y el ideal heroico, no es el budismo zen ni es mi capacidad analítica, aunque probablemente tenga que ver con algunas de esas cosas, inextricablemente relacionadas entre sí. Tampoco es la influencia de Carver, Cheever, Handke ni Pessoa. No son las canciones de Dylan, del Jefe Springsteen ni del Sabina, ése que canta (ojo que el flaco anuncia visita para enero).
Es la culpa. O la ausencia de la misma en mi caso, liberado por siempre de ese horroroso lastre. Resulta que ése, uno de mis logros personales más trabajosos y que hace que mi vida sea particularmente plena, me mantiene eternamente alejado de la gente de mi país, que se relaciona principal y casi exclusivamente a través de la culpa. Es notorio cómo cada día tratan de alcanzarme de esa forma, y más notoria aún su frustración ante mi respuesta impasible. No creo en eso, ya no más. No es sano, no es una buena forma de vivir. Acepto que durante la formación pueda ser un mecanismo necesario, como también en casos puntuales particularmente desafortunados de gente que no es capaz de entender la responsabilidad, pero vivir administrando culpas como hace la mayoría de la gente me parece inadmisible. Responsabilidad si, hasta las últimas consecuencias. Culpa, nunca más. Pero, ¿qué hacer si vivo en la ciudad de los hombres? ¿Dejar de creer en la vida, la libertad, la alegría y el entusiasmo? ¿Meterme todos los domingos a un templo a golpearme el pecho con la muchedumbre, a ver si me acuerdo de cómo era la cosa? No, ya no hay retorno, nunca volveré a creer en esa basura. Y sin embargo no tengo alternativa sino convivir con la comunidad de la culpa, que es la única comunidad en los alrededores. De hecho, en mi vecindad cercana hay reyes del arte, y reinas sobre todo. Gente que vive de eso, que ha hecho de sus habilidades un oficio. Nada puedo hacer yo con mi heroísmo de segunda división contra una aplanadora entrenada para no respetar más allá de lo formal e imponer siempre sus puntos de vista. Y hay gente cruel y despiadada que a la forma como administra las culpas la llama amistad. Y son los mejores amigos, y yo tengo que contemplar día tras día cómo trabajan la culpa de gente que quiero para convencerla de que no se merece nada, y nada puedo hacer más que tratar de predicar con el ejemplo, mostrar que la tranquilidad de espíritu me permite volver a levantarme cada vez que me asesinan con fingida inocencia. Algo al menos, que tampoco puedo presenciar el engaño sin hacer nada. Pero tampoco puedo forzar demasiado las cosas. ¿Sería ella capaz de vivir tranquila con todo el mundo mirándola de reojo con rencor indisimulado? ¿Cuánta gente puede vivir de esta extraña manera? ¿Podría yo enseñarle a alguien a vivir sin culpa? ¿He llegado a esas alturas? Mmmmmm...
Es la culpa. O la ausencia de la misma en mi caso, liberado por siempre de ese horroroso lastre. Resulta que ése, uno de mis logros personales más trabajosos y que hace que mi vida sea particularmente plena, me mantiene eternamente alejado de la gente de mi país, que se relaciona principal y casi exclusivamente a través de la culpa. Es notorio cómo cada día tratan de alcanzarme de esa forma, y más notoria aún su frustración ante mi respuesta impasible. No creo en eso, ya no más. No es sano, no es una buena forma de vivir. Acepto que durante la formación pueda ser un mecanismo necesario, como también en casos puntuales particularmente desafortunados de gente que no es capaz de entender la responsabilidad, pero vivir administrando culpas como hace la mayoría de la gente me parece inadmisible. Responsabilidad si, hasta las últimas consecuencias. Culpa, nunca más. Pero, ¿qué hacer si vivo en la ciudad de los hombres? ¿Dejar de creer en la vida, la libertad, la alegría y el entusiasmo? ¿Meterme todos los domingos a un templo a golpearme el pecho con la muchedumbre, a ver si me acuerdo de cómo era la cosa? No, ya no hay retorno, nunca volveré a creer en esa basura. Y sin embargo no tengo alternativa sino convivir con la comunidad de la culpa, que es la única comunidad en los alrededores. De hecho, en mi vecindad cercana hay reyes del arte, y reinas sobre todo. Gente que vive de eso, que ha hecho de sus habilidades un oficio. Nada puedo hacer yo con mi heroísmo de segunda división contra una aplanadora entrenada para no respetar más allá de lo formal e imponer siempre sus puntos de vista. Y hay gente cruel y despiadada que a la forma como administra las culpas la llama amistad. Y son los mejores amigos, y yo tengo que contemplar día tras día cómo trabajan la culpa de gente que quiero para convencerla de que no se merece nada, y nada puedo hacer más que tratar de predicar con el ejemplo, mostrar que la tranquilidad de espíritu me permite volver a levantarme cada vez que me asesinan con fingida inocencia. Algo al menos, que tampoco puedo presenciar el engaño sin hacer nada. Pero tampoco puedo forzar demasiado las cosas. ¿Sería ella capaz de vivir tranquila con todo el mundo mirándola de reojo con rencor indisimulado? ¿Cuánta gente puede vivir de esta extraña manera? ¿Podría yo enseñarle a alguien a vivir sin culpa? ¿He llegado a esas alturas? Mmmmmm...

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