Friday, October 28, 2005

Contra el decoro.

Suelo tener conflictos con la forma en que la mayoría de la gente en mi entorno ve las cosas. No con todos, hay quien entiende mi postura y mi derecho a tener una mirada propia. Tampoco soy tan confrontacional como solía ser, algo he aprendido de la experiencia. Ya no voy al choque, me conformo con pegar algunos codazos para defender mi espacio. Mi acto solía ser mucho más violento, aunque nadie aprecia lo razonable que estoy siendo últimamente. Pero no tengo intenciones de dar mi brazo a torcer, un ex empleador solía decir que lo único que prueba la mayoría circunstancial es que la verdad no es democrática. Pero creo que a él le molestaría que yo usara esa frase, sobre todo en un contexto como éste (aunque no estoy seguro: la gente cambia, sobre todo la gente inteligente, y yo tengo extraños poderes pedagógicos). Y hay tantos motivos reales que se esconden tras los declarados, en fin. Están los que reconocen sus intereses personales, pero también están los que pretenden defender los sacrosantos valores occidentales, a los cuales sin arrugarse en lo más mínimo dan carácter universal, y hasta pretenden ayudarme a mi o a otras personas. Como decía el maestro Lennon: Well they give me all kinds of advice/designed to enlighten me. Me dan todo tipo de consejos diseñados para iluminarme. ¡Pero si hay alguien en esta masa informe que ha llegado a la iluminación soy yo! ¡Si ésa es precisamente la raíz del problema! ¿Quién más se ha desembarazado de la visión burguesa, quién se ha liberado de las categorías que no tienen sentido? Para la burguesía todo es apariencia: es lo único que importa, cuidar el decoro. Pero cualquier persona que alguna vez haya sido tocada aunque sea tangencialmente por un rayo de luz sabe que lo que importa no es la apariencia, sino la esencia. Algunos de ellos dicen que quieren ayudarme, otros que quieren ayudar a otra persona. Y lo único que quieren y necesitan con desesperación es mantener su propia, mezquina y limitada visión de cómo es y debiera ser el mundo. A los únicos que ayudan es a sí mismos, y a su triste necesidad de tener cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa. Ni mi mundo ni el mundo de nadie están en peligro más allá de los límites que la responsabilidad de cada uno impone, sólo el de ellos que saben que los fundamentos de su universo son tan débiles que basta un solo contraejemplo para mandarlo todo a la basura. No pueden permitir, nunca permitirán que nada amenace el delicado equilibrio de sus construcciones. Sería el fin del mundo, el fin de su mundo. Quedarían perdidos en la inmensidad del cosmos, que se abriría ante ellos para sumirlos en la confusión y dejarlos como esos tábanos a los que mis primos les sacaban las alas y perdían para siempre la orientación. El problema de la gente que aprende las reglas de memoria y nunca se cuestiona la validez de los acuerdos. Trabajan el tema con las más variadas metodologías pero ése es su único fin, mantener lo que se derrumba. Nadie va a cambiar su mundo. (¿Lennon de nuevo?) Lamentablemente su mundo y sus reglas ya no significan mucho para mi, aunque tengo cuidado de mostrar un respeto por las formas para que no se note mucho mi posición de fondo, concesiones que hago por la convivencia. Ya no sigo el consejo del filósofo iracundo, de empujar lo que cae para que caiga más rápido. Todo caerá por su propio peso cuando tenga que caer, lamentablemente ya no siento que sea asunto mío. Pero que no vengan a decir que hacen las cosas que hacen por ayudarme a mí o a alguna otra persona o grupo de personas, aquí no hay ninguna generosidad. Lo siento, pero no lo puedo callar. No soy yo el que tiene una visión parcializada.

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