Wednesday, October 19, 2005

El nadador. Es el título de un cuento increíble de Cheever, pero también de una interminable –si bien no tan extensa- novela de Contreras. En fin, sin propósitos literarios regresé ayer a la piscina, a trabajar la disciplina. Pocas cosas como el agua, clara, pocos ejercicios tan exigentes. Aunque mi desempeño en esta primera sesión no fue para ponerla en un marco, tampoco fue para avergonzarse tratándose de un retorno. ¿Cómo pez en el agua? Nunca tanto. El Nico Glasinovic decía que nadar te hace una mejor persona. Claro que lo decía más que nada por dárselas, pero en algunas cosas no hay duda que tenía razón. La respiración, sin ir más lejos, cuya importancia nunca será suficientemente recalcada. Y la precisión del gesto, y la repetición de la práctica, y seguir a pesar del cansancio y descubrir que siempre se puede dar un poquito más y todo eso. Pero no por eso le vamos a dar otras connotaciones a la natación, ni menos hacer exigencias improcedentes. No. Nadar, nada más, sin otras pretensiones. Sumergirse en el fluido, deslizarse simplemente y salir a inspirar oportunamente. No antes ni después, sino cuando corresponde. Eso, nada más.

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