Vamos con algo de filosofía de la calle. El sentido de la vida. Para los creyentes puede ser una pregunta sencilla, tal vez hasta absurda. Pero yo no fui bendecido con el don de la fe. Todo lo contrario, a mi me tocó en suerte la lucidez, que –sin ánimo de ofender- no es muy compatible con aquel don. En fin, que como buen ateo dediqué algo de tiempo en mi adolescencia al problema del sentido de la vida. Y, modestamente, con la ayuda de mis amigos lo resolví. No es que lo haya encontrado en una de mis búsquedas, todo lo contrario: luego de dedicarle tiempo y esfuerzo al asunto, llegué a la conclusión de que la búsqueda del sentido de la vida, por extraño que parezca, no tiene sentido. Pero no es para ponerse a llorar o abandonarse al nihilismo. Todo lo contrario, es una excelente noticia. Que trae consigo una gran responsabilidad, es cierto, pero así debe ser. La vida en sí no tiene sentido. No lo tiene. Es un don, un maravilloso accidente, un regalo que nos ha caído en las manos para hacer lo que queramos con él. Es un juego, la vida, que consiste en hacer lo mejor que se pueda con este regalo, aprovecharlo al máximo, maximizar su valor. No tiene sentido buscarle sentido a la vida, lo que hay que hacer es dárselo. De eso se trata el juego.
Consistente con esta visión, hago lo posible por dotar de significado a mis acciones, tratando de subirle un poco el nivel a las cosas en general. Curiosamente -o tal vez no tanto- en mis ires y venires suelo encontrar gente que está haciendo exactamente lo contrario. Por supuesto son más, y están mejor posicionados: su doctrina siempre fue más sencilla y fácil de seguir. Hacen curiosos manejos con la realidad para lograr sus objetivos, hay gente que vive de eso. Yo no soy tan confrontacional como alguna vez fui, pero inevitablemente mis actitudes chocan con sus construcciones, sin querer y casi sin darme cuenta derrumbo esquemas cuidadosamente diseñados, y ellos en respuesta organizan complejas coreografías, delicados mecanismos de relojería destinados a preservar el statu quo y hacerme entrar en razón (me dan todo tipo de consejos diseñados para iluminarme, diría el finado Lennon) y mostrarme que el mundo es en blanco y negro (lies that life is black and white, según Dylan). Pero yo sigo con mis colores, sigo aquí. Igual que ayer, igual que siempre. Y seguiré igual, por donde quiera que me lleven mis pasos. Yo y el fantasma de Tom Joad, cantaría otro por ahí.
Consistente con esta visión, hago lo posible por dotar de significado a mis acciones, tratando de subirle un poco el nivel a las cosas en general. Curiosamente -o tal vez no tanto- en mis ires y venires suelo encontrar gente que está haciendo exactamente lo contrario. Por supuesto son más, y están mejor posicionados: su doctrina siempre fue más sencilla y fácil de seguir. Hacen curiosos manejos con la realidad para lograr sus objetivos, hay gente que vive de eso. Yo no soy tan confrontacional como alguna vez fui, pero inevitablemente mis actitudes chocan con sus construcciones, sin querer y casi sin darme cuenta derrumbo esquemas cuidadosamente diseñados, y ellos en respuesta organizan complejas coreografías, delicados mecanismos de relojería destinados a preservar el statu quo y hacerme entrar en razón (me dan todo tipo de consejos diseñados para iluminarme, diría el finado Lennon) y mostrarme que el mundo es en blanco y negro (lies that life is black and white, según Dylan). Pero yo sigo con mis colores, sigo aquí. Igual que ayer, igual que siempre. Y seguiré igual, por donde quiera que me lleven mis pasos. Yo y el fantasma de Tom Joad, cantaría otro por ahí.

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