Wednesday, November 16, 2005

“(...)Con su alma mezquina piensan mucho en ti: ¡les resultas siempre sospechoso! Todo lo que hace reflexionar mucho llega a hacerse sospechoso. Te castigan por todas tus virtudes. Sólo tus faltas perdonan de todo corazón. Como eres benévolo y justo, dices: “Son inocentes de su ruin existencia.” Pero su alma mezquina piensa: “Toda gran existencia es culpable.” Aún cuando tú eres benévolo para con ellos, se sienten despreciados por ti y pagan tus beneficios con malas acciones disimuladas. Tu orgullo sin palabras les contraría siempre. Se alegran cuando llegas a ser lo bastante modesto para ser vanidoso. Les excita todo cuanto apreciamos en un hombre. ¡Cuídate, pues, de los mediocres! En tu presencia se sienten pequeños y su bajeza arde contra ti en una invisible venganza. ¿No te has dado cuenta que en cuanto te acercabas a ellos se callaban y sus fuerzas les abandonaban, como el humo a un fuego que se extingue? Sí, amigo mío: tú eres la mala conciencia de tus prójimos, porque ellos no son dignos de ti. Por eso te aborrecen y querrían chuparte la sangre. Tus prójimos siempre serán moscas venenosas. Tu grandeza es precisamente lo que debe hacerles cada vez más venenosos y más parecidos a las moscas. ¡Huye, amigo mío, a tu soledad, allí arriba donde sopla el viento rudo y fuerte! No es tu destino servir de cazamoscas.

Así hablaba Zaratustra.”

(F. Nietzsche, De las moscas de la plaza pública, Así Hablaba Zaratustra)

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