Thursday, November 10, 2005

La Católica. Después de algunos años mi equipo vuelve a darme algunas modestas alegrías. Se agradece, no es poca cosa para los tiempos que corren en este amargo país. Hace un par de años llegué al extremo de dejar de ir al estadio, una medida impensada para alguien como yo. Principalmente me alejó el mal futbol, que en los tiempos de Meneses el equipo no jugaba a nada. No es que con Juvenal haya habido mucho jogo bonito, pero por lo menos se ganaba. El equipo de Meneses era simplemente horroroso, deprimente, igual que la campaña del argentino chanta que vino después. También pesó en mi decisión la accesibilidad que perdí cuando vendí el auto y que tanto ayuda cuando uno quiere ir a la punta del cerro. Para completar el cuadro, el problema de mi escasa identificación con el grueso de la hinchada cruzada. Porque claro, yo soy reconocidamente elitista pero mis criterios de excelencia no tienen nada que ver con el cuico prepotente que va a descargar sus frustraciones al estadio, entonces el sentido de pertenencia es escaso, salvo que uno vaya con amigos –poco usual en mi caso por el esfuerzo de planificación y compromiso que demanda-, se vaya a meter a la barra –lo que suelo hacer en el Nacional pero casi nunca en San Carlos- u opte por no pescar –la solución usual. Volví a empezar a ir el año pasado, un poco porque le creí un poco más a Pellicer pero sobre todo por Nick Hornby, cuyo libro “Fiebre en las gradas” me recordó por qué iba al estadio para empezar. Y he descubierto una nueva identificación con la Cato. Es muy simple, el equipo de la franja y yo nos parecemos en una cosa fundamental: la actitud. Ese andare facile per questo mondo dificile, esa ligera arrogancia que hace que despertemos tantas envidias y rencores pero mi equipo y yo igual hacemos la pega sin pescar los malos sentimientos de la chusma. Eso no más. Soy cruzado, soy. Soy cruzado, soy, cruzado soy yo.

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