Pessoa era un tipo pesimista, elitista (no hay problema con eso, pero sus criterios elitistas no coinciden con los míos) y le otorgaba demasiado valor a la racionalidad, la cual solía llevar demasiado lejos. Sin embargo, en sus mejores momentos presenta claros nexos con el liberalismo y hasta con el budismo zen. Aquí va un notable fragmento de esa tremenda obra que es el Libro del Desasosiego.
208.
"Así como, lo sepamos o no, todos tenemos una metafísica, así también, ya lo queramos o no, todos tenemos una moral. Tengo una moral muy simple –no hacer a nadie ni mal ni bien. No hacerle mal a nadie, porque no sólo reconozco en los demás el mismo derecho que juzgo me cabe de que no me molesten, sino que entiendo que bastan los males naturales como mal que debe haber en el mundo. Vivimos todos, en este mundo, a bordo de un barco que ha zarpado de un puerto que desconocemos hacia un puerto que ignoramos; debemos tener los unos para con los otros una amabilidad de viajeros. No hacer el bien, porque no sé qué es el bien, ni si lo hago cuando creo que lo hago. ¿Acaso sé yo los males que desencadeno cuando doy limosna? ¿Acaso sé qué males provoco si educo o instruyo? En la duda, me abstengo. Y creo, incluso, que auxiliar o aclarar es, en cierto modo, hacer el mal de intervenir en la vida ajena. La bondad es un capricho temperamental: no tenemos el derecho de convertir a los otros en víctimas de nuestros caprichos, aunque sean caprichos de humanidad o ternura. Los beneficios son cosas que se inflingen; por eso los abomino fríamente. (…)"
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"Así como, lo sepamos o no, todos tenemos una metafísica, así también, ya lo queramos o no, todos tenemos una moral. Tengo una moral muy simple –no hacer a nadie ni mal ni bien. No hacerle mal a nadie, porque no sólo reconozco en los demás el mismo derecho que juzgo me cabe de que no me molesten, sino que entiendo que bastan los males naturales como mal que debe haber en el mundo. Vivimos todos, en este mundo, a bordo de un barco que ha zarpado de un puerto que desconocemos hacia un puerto que ignoramos; debemos tener los unos para con los otros una amabilidad de viajeros. No hacer el bien, porque no sé qué es el bien, ni si lo hago cuando creo que lo hago. ¿Acaso sé yo los males que desencadeno cuando doy limosna? ¿Acaso sé qué males provoco si educo o instruyo? En la duda, me abstengo. Y creo, incluso, que auxiliar o aclarar es, en cierto modo, hacer el mal de intervenir en la vida ajena. La bondad es un capricho temperamental: no tenemos el derecho de convertir a los otros en víctimas de nuestros caprichos, aunque sean caprichos de humanidad o ternura. Los beneficios son cosas que se inflingen; por eso los abomino fríamente. (…)"

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