Tuesday, November 15, 2005

Una vez más me instalé en la plaza pública con mis espejos. Tal parece que sin darme cuenta los llevo conmigo a todas partes, ya no puedo evitarlo. Nietzsche dice, jugando un poco con la etimología de las palabras en alemán, que “hombre” significa “el que evalúa” y bueno, yo como evaluador profesional que soy ando siempre diciendo cuánto vale cada cosa. Esta vez fue sin querer, o al menos eso me pareció a mi. Es posible que me engañe con esto, lo cierto es que hace tiempo que tengo problemas para cohabitar con la mentira y bueno, al final todo termina por salir a flote. Sin duda eso debe reflejarse en algún patrón de comportamiento más o menos involuntario. Y como es lógico, las imágenes que muestran mis espejos son tan realistas que no le gustan a nadie. Ciertamente no han ayudado a mi popularidad. Yo permanezco tranquilo pero las reacciones cada vez son más violentas, vamos a ver cuánto aguanta todo esto. Yo veo lo que quieren que vea, cómo no verlo si lo proclaman con tantos aspavientos y lo denuncian con voz engolada, el problema es que también veo lo que no quieren que vea: sus motivaciones reales, lo que esconden los bonitos discursos, en fin, lo que ellos mismos quisieran no ver pero los porfiados espejos se niegan a callar. Se enojan. Pero, ¿qué culpa tengo yo? ¿Qué culpa tienen los espejos, si son sólo cristales inertes que se limitan a reflejar las imágenes de lo que hay? Es una reacción un poquito absurda, como echarle la culpa al doctor por el diagnóstico, como matar a los portadores de las malas noticias. ¿Soy yo, acaso, el que los obliga a mostrarse tal cual son? Sin duda, nunca fue ésa la idea, mi objetivo era muy distinto. Sin embargo nunca me perdonarán la claridad de los cristales.

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