Wednesday, December 07, 2005

Cura de humildad para recordarme que todavía se puede ganar cosas de la interacción con mis pares. Almuerzo de celebración de la oficina, se sienta a mi lado el abogado. Sin duda uno de los tipos mejor educados de la organización, aunque por esas cosas de la vida no congeniamos mucho. Más aún, tengo la idea que mi relato le cae como patada al estómago, tanto por las características del relato mismo como por sus consecuencias y cómo lo afectan a él, junto con las características personales del licenciado. En fin, una lástima pero hace tiempo renuncié a la pretensión de caerle bien a todo el mundo, que de partida es imposible y tampoco estoy dispuesto a transar porque a alguien no le gustó alguna de mis actitudes. (Me acuerdo de la mamá de Seinfeld hablando de su hijo: “¿Cómo podría no agradarle a alguien?”) Tampoco es para tanto, él y yo somos profesionales y hemos podido interactuar adecuadamente en ese campo, llevando a cabo varias tareas en conjunto y funcionamos socialmente en lo formal, está dicho que su educación es buena y yo por mi parte hago lo que puedo. Pero de alguna manera está siempre tratando de mostrarme que él no es ni remotamente menos que yo, buscando la forma de mostrarse superior en lo que sea. Y esta vez lo consigue, pero de una forma que provoca mi agradecimiento. En efecto, tal vez sin proponérselo, al sentarnos juntos a la mesa me hace recordar cuál es el lugar de la servilleta cuando uno se levanta. La silla, por supuesto. Porque nadie quiere ver la servilleta usada del vecino al lado de su plato. Y sin embargo la falta de práctica, la mala memoria y el uso común del resto de la gente había hecho que se me olvidara. Si el abogado me mira con superioridad la próxima vez que nos encontremos tendré que reconocer que se lo merece. Se lo ha ganado. Y de verdad, se lo agradezco. Igual sigo dejando la servilleta en la mesa por el resto de ese almuerzo haciéndome el gil, tampoco puedo regalarle una victoria tan fácil.

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