Friday, December 09, 2005

Este año se cumplen veinte de que salí del colegio, me llaman de Valdivia para una reunión. Una vez más compruebo mi teoría de que las casualidades no existen, sólo existen las asimetrías de información pero eso no es lo importante. Lo esencial es que no puedo dejar de preguntarme qué me une, a estas alturas de la vida, con esa gente que dejé atrás hace tanto tiempo y de tantas maneras. Las comunicaciones últimas con Recart y Camino son claras sobre este punto, aunque Cristóbal como siempre muestra su buen juicio y respeto para no cerrar de una vez todas las puertas. ¿Alejandro? ¿Podría acaso haber comunicación efectiva entre alguien como yo y un tipo a quien hasta no hace mucho la mamá le compraba la ropa? ¿No es evidente que nuestro lenguaje común es sólo aparente, que usamos las mismas palabras pero les otorgamos significados completamente diferentes? ¿Cómo podría haber un nexo entre mis profundidades y Alejandro, superfluo entre los superfluos? Y eso que él al menos salió de Valdivia, pero ya era tarde. ¿Sería yo capaz de iluminar a alguien como él? No, para empezar no he llegado a esos niveles, y sin duda se requiere una mínima amplitud de criterio, un background previo del que mi antiguo compañero carece. Y sin embargo tiene potencial, lástima el desperdicio. El tipo de persona que a uno lo hace dudar si va a pasar toda su vida así o en algún momento, digamos a los sesenta años o algo así despierte un día y diga mierda, puta que la cagué. El tiempo dirá, está demasiado lejos como para que yo me sienta responsable. A continuación, el comienzo del largo proceso de despertar a que don Juan Matus sometió a Castaneda, que pese a su ignorancia inicial siempre tuvo al menos una actitud de aprendizaje.

“-¿Crees que tu y yo somos iguales?- preguntó con voz nítida.
La pregunta me agarró desprevenido. Experimenté en los oídos un zumbido peculiar, como si don Juan hubiera gritado, cosa que no hizo; sin embargo, su voz tenía un sonido metálico que reverberó en mis oídos.
Me rasqué, con el meñique izquierdo, el interior de la oreja del mismo lado. Desde hacía algún tiempo tenía comezón en las orejas, y había desarrollado una forma rítmica y nerviosa de frotarlas por dentro con el meñique de cualquier mano. El movimiento era, más exactamente, una sacudida de todo el brazo.
Don Juan observó mis movimientos con fascinación aparente.
-Bueno... ¿somos iguales? –preguntó.
-Por supuesto que somos iguales –dije.
Naturalmente, condescendía. Le tenía mucho afecto al anciano, aunque a veces no supiera qué hacer con él; sin embargo conservaba aún en el trasfondo de mi mente –sin que jamás fuera a darle voz- la creencia de que, siendo un estudiante universitario, un hombre del refinado mundo occidental, yo era superior a un indio.
-No –dijo él calmadamente-, no lo somos.
-Por supuesto que lo somos –protesté.
-No –dijo él con voz suave-. No somos iguales. Yo soy un cazador y un guerrero, y tu eres un cabrón.
Quedé boquiabierto. No podía creer que don Juan hubiera dicho eso. Dejé caer mi cuaderno y lo miré atónito y luego, por supuesto, me enfurecí.
Él me miró con ojos serenos y apacibles. Esquivé su mirada. Y entonces empezó a hablar. Pronunciaba claramente las palabras. Fluían sin interrupción ni misericordia. Dijo que yo alcahueteaba para otros. Que no planeaba mis propias batallas, sino las batallas de unos desconocidos. Que no me interesaba aprender de plantas ni de cacería ni de nada. Y que su mundo de actos, sentimientos, y decisiones precisas era infinitamente más efectivo que la torpe idiotez que yo llamaba ‘mi vida’.
Cuando terminó, quedé mudo. Había hablado sin agresividad ni presunción, pero con tal fuerza, y a la vez tal sosiego, que yo ni siquiera estaba ya enojado.
Permanecimos en silencio. Me sentía apenado y no se me ocurría nada apropiado para decir. Esperé que él tomara la palabra. Transcurrieron las horas. Don Juan se inmovilizó gradualmente hasta que su cuerpo adquirió una rigidez extraña, casi atemorizante; su silueta se hizo difícil de discernir conforme la luz menguaba y finalmente, cuando todo estuvo negro a nuestro alrededor, pareció haberse disuelto en la negrura de las piedras. Su estado de inmovilidad era tan total que él parecía ya no existir.
Era medianoche cuando al fin me di cuenta de que don Juan podía quedarse inmóvil tal vez para siempre en ese desierto, en esas rocas, y que lo haría en caso necesario. Su mundo de actos y decisiones y sentimientos precisos era en verdad superior.
Toqué calladamente su brazo, y el llanto me inundó.”

(Carlos Castaneda, Viaje a Ixtlán)

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