Las cosas que suelo echar de menos de cuando tenía más plata.
Hubo una época en que ganaba buen billete, no tenía deudas y era más joven, lo que me permitía una holgura financiera a la que alguna gente nunca tiene la fortuna de acceder. También me compraba más el cuento del consumo, probablemente por ese mismo feedback positivo. Ahora mientras me mantenga a flote no le doy mayor importancia a eso de ir a más o venir a menos, como dice Bryce Echenique. Todas las cosas en esta lista son superfluas y la mayoría son gustos que me daba muy de vez en cuando, prueba de ello es que apenas hubo que apretarse el cinturón las corté sin ningún problema. La tranquilidad espiritual que dan los años permite cambiarlas por actividades más sencillas pero que aportan más. Y en mi sistema lógico la adaptabilidad es un valor importante, el zen dice que hay que ser como la boya que se mueve con las mareas. Tampoco están tan mal mis finanzas actualmente, de vez en cuando puedo darme algún gusto (y lo hago). No echo de menos a toda la gente que decía que era mi amiga, todo lo contrario, mejor quedarse sólo con los de verdad y no engañarse. Tampoco la forma en que me atendían en todas partes porque era por la ropa que usaba, y ciertamente no echo de menos el disfraz. Los perfumes caros ahora me los regalan mis viejos, pero en algún lugar del sistema persiste el resabio de todos esos años de educación burguesa, donde te enseñaban que ser más era tener más, y en ocasiones puntuales se llega a añorar por un instante lo que se sabe que no vale mucho. No es que eche tanto de menos estas cosas, todo lo contrario. La mayoría muy de vez en cuando, y algunas sólo en situaciones muy particulares que me traen recuerdos de aquellos tiempos. Como dice Shepard al final de uno de sus relatos más bellos, trato de no echar de menos. En sus palabras exactas, según traducción de Anagrama: “En realidad, no echo de menos nada de ese lugar, si echar de menos algo significa ser incapaz de vivir sin ello. He aprendido lo peligroso que resulta eso. A fin de cuentas, fue el echarte de menos lo que acabó provocando esta inundación.” En fin, vamos con la lista, que me sirve para seguir trabajando en el tema, un ejercicio de recapitulación de esos de Castaneda:
• El jamón serrano.
• Los choclitos de cocktail.
• El queso ahumado, el camembert, el emmental y el gruyere.
• Los happy hour en El Bosque.
• El sushi.
• Los pub de Vitacura y la galería del Patio.
• La comida del Menú Express.
• El vino de más de dos lucas.
• La cerveza Kunstmann y la Imperial, de las importadas ni hablar.
• El ron de cinco o más años.
• El Drambuie.
• Comprar discos en el extranjero por internet.
• Comprar libros en el extranjero por internet.
• Comprar ropa en el extranjero por internet.
• La conexión a internet. (En rigor, la telefonía fija.)
• Pasar los bajones y las rabias yendo a comprar al Parque Arauco.
• Vivir cerca de la Plaza Las Lilas.
• El servicio doméstico.
• Revisar el estado de cuenta tarde, mal y nunca.
• No preocuparse de qué día del mes era.
• El auto, y los grados de libertad que otorga.
• La radio del auto.
• Ir a la playa por el fin de semana.
• Subir a esquiar cada vez que fuera posible.
• El futbol argentino y la NBA en el cable.
• Algunos programas del A+E, Film and Arts, Discovery Travel y Canal 13 Cable.
• Los quesitos La Vache qui rit.
• El Philadelphia.
• Los jalapeños.
• Los frascos grandes de papayas y fondos de alcachofas.
• El sentido de pertenencia.
• Las propinas generosas y los aires de gran señor.
• La suscripción a la National Geographic.
• Los regalos para mis sobrinas.
• Toda esa gente que me pedía la opinión, sobre todo los que la tomaban en serio.
• La rúcula.
• Los vuelos nacionales.
• Los surtidos de chocolatitos Ritter sport.
Hubo una época en que ganaba buen billete, no tenía deudas y era más joven, lo que me permitía una holgura financiera a la que alguna gente nunca tiene la fortuna de acceder. También me compraba más el cuento del consumo, probablemente por ese mismo feedback positivo. Ahora mientras me mantenga a flote no le doy mayor importancia a eso de ir a más o venir a menos, como dice Bryce Echenique. Todas las cosas en esta lista son superfluas y la mayoría son gustos que me daba muy de vez en cuando, prueba de ello es que apenas hubo que apretarse el cinturón las corté sin ningún problema. La tranquilidad espiritual que dan los años permite cambiarlas por actividades más sencillas pero que aportan más. Y en mi sistema lógico la adaptabilidad es un valor importante, el zen dice que hay que ser como la boya que se mueve con las mareas. Tampoco están tan mal mis finanzas actualmente, de vez en cuando puedo darme algún gusto (y lo hago). No echo de menos a toda la gente que decía que era mi amiga, todo lo contrario, mejor quedarse sólo con los de verdad y no engañarse. Tampoco la forma en que me atendían en todas partes porque era por la ropa que usaba, y ciertamente no echo de menos el disfraz. Los perfumes caros ahora me los regalan mis viejos, pero en algún lugar del sistema persiste el resabio de todos esos años de educación burguesa, donde te enseñaban que ser más era tener más, y en ocasiones puntuales se llega a añorar por un instante lo que se sabe que no vale mucho. No es que eche tanto de menos estas cosas, todo lo contrario. La mayoría muy de vez en cuando, y algunas sólo en situaciones muy particulares que me traen recuerdos de aquellos tiempos. Como dice Shepard al final de uno de sus relatos más bellos, trato de no echar de menos. En sus palabras exactas, según traducción de Anagrama: “En realidad, no echo de menos nada de ese lugar, si echar de menos algo significa ser incapaz de vivir sin ello. He aprendido lo peligroso que resulta eso. A fin de cuentas, fue el echarte de menos lo que acabó provocando esta inundación.” En fin, vamos con la lista, que me sirve para seguir trabajando en el tema, un ejercicio de recapitulación de esos de Castaneda:
• El jamón serrano.
• Los choclitos de cocktail.
• El queso ahumado, el camembert, el emmental y el gruyere.
• Los happy hour en El Bosque.
• El sushi.
• Los pub de Vitacura y la galería del Patio.
• La comida del Menú Express.
• El vino de más de dos lucas.
• La cerveza Kunstmann y la Imperial, de las importadas ni hablar.
• El ron de cinco o más años.
• El Drambuie.
• Comprar discos en el extranjero por internet.
• Comprar libros en el extranjero por internet.
• Comprar ropa en el extranjero por internet.
• La conexión a internet. (En rigor, la telefonía fija.)
• Pasar los bajones y las rabias yendo a comprar al Parque Arauco.
• Vivir cerca de la Plaza Las Lilas.
• El servicio doméstico.
• Revisar el estado de cuenta tarde, mal y nunca.
• No preocuparse de qué día del mes era.
• El auto, y los grados de libertad que otorga.
• La radio del auto.
• Ir a la playa por el fin de semana.
• Subir a esquiar cada vez que fuera posible.
• El futbol argentino y la NBA en el cable.
• Algunos programas del A+E, Film and Arts, Discovery Travel y Canal 13 Cable.
• Los quesitos La Vache qui rit.
• El Philadelphia.
• Los jalapeños.
• Los frascos grandes de papayas y fondos de alcachofas.
• El sentido de pertenencia.
• Las propinas generosas y los aires de gran señor.
• La suscripción a la National Geographic.
• Los regalos para mis sobrinas.
• Toda esa gente que me pedía la opinión, sobre todo los que la tomaban en serio.
• La rúcula.
• Los vuelos nacionales.
• Los surtidos de chocolatitos Ritter sport.

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