Friday, December 02, 2005

Mi país de mentira.

Guadalajara, Jalisco, noviembre del 2004. Llego por primera vez a esta ciudad, de inmediato tomo consciencia de que debí haber venido antes. La vez pasada había pasado de largo por la costa bajando de norte a sur, de este sector apenas había conocido Vallarta y de ahí directo en bus a Zihuatanejo. Bella ciudad, amable para su enorme tamaño, edificios con mucha historia y las mujeres más bellas de México, estaba claro que en alguna parte tenían que estar las mexicanas bonitas. Órale. Llego a la noche a prepararme comida al hostal, converso con alguna gente. Hay algunos huéspedes con cara de permanentes, chica gringa que escribe su primer libro, buena inspiración para mis propias labores, hermosa chica inglesa que pinta cuadros y murallas y evidentemente está más rayada que las murallas que pinta, ojo que le gustan los latinos. Me preparo los clásicos fideos de mochilero con improvisada salsa de tomates, cebollas y ajo, me siento a comer y al rato aparece un español que se sorprende un poco con mi presencia chilena entre tanto angloparlante, empezamos a hablar de la vida y la política -la vida en la polis a fin de cuentas- y de alguna manera me hace contarle que yo no creo mucho en nada de eso. Reacciona de inmediato dejándome perplejo. “Hombre, si yo fuera chileno tampoco creería en nada.” No sé si le pregunto a qué se refiere o lo contemplo con expresión de asombro, lo cierto es que me explica que él vivió cerca de un año en el eriazo remoto y presuntuoso (esas palabras no son suyas, son de Lihn) como corresponsal de una agencia, que es periodista y bueno, sus credenciales le permiten tener una opinión clara y formada acerca de nuestra realidad. De nuestro proceso, dice, que ha consistido en no arreglar nada sino tapar todo con tierra y echarle p’adelante, a la bruta. (Me cuido de mencionarle que esa forma de hacer las cosas debe ser herencia hispánica, podría creer que es de picado.) De nuestros líderes, que se abrazan y congratulan una y otra vez por la democracia ejemplar que hemos reconstruido. De la transición, cuyo término celebran religiosamente cada cinco de octubre y a vuelta de vacaciones, el once de marzo. Yo lo miro sorprendido, un poco por la admiración que me causa su desparpajo y la claridad de su análisis, otro poco porque no encuentro cómo explicarle que yo no me había dado cuenta bien de eso y que creo que mi descreimiento no tiene mucho que ver con el tema. Pero, ¿y qué tal si hubiera una relación, sólo que yo no me he dado cuenta y requiero un observador externo que me lo haga ver, así como no me había dado cuenta de lo evidente que era la farsa institucional para alguien que lo ve de fuera? Gracias Pedro Cascos.

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