Wednesday, January 11, 2006

Pasé entre ellos como un extranjero pero ninguno lo advirtió. Viví entre ellos como un espía, y nadie, ni siquiera yo, sospechó que lo fuese. Todos me tenían por un pariente: ninguno sabía que me habían cambiado al nacer. Así, fui igual a los demás sin tener con ellos ninguna semejanza, hermano de todos sin ser de la familia.
Venía yo de tierras prodigiosas, de paisajes mejores que la vida, pero nunca hablé de esas tierras, a no ser conmigo mismo; y de los paisajes, que yo veía si soñaba, nunca les dí noticia alguna. Mis pasos no diferían de los de ellos sobre los pisos de madera y el pavimento, pero mi corazón estaba lejos, aunque palpitase cerca, señor falso de un cuerpo desterrado y extraño.
Nadie me reconoció bajo la máscara de la igualdad, ni advirtió nunca nadie que era una máscara lo que tenía, porque nadie sabía que en este mundo hay enmascarados. Nadie supuso que a mi lado hubiese siempre otro, otro que, a fin de cuentas, era yo. Me consideraron siempre idéntico a mí.
Me dieron abrigo sus hogares, sus manos estrecharon la mía, me vieron pasar por la calle como si yo allí estuviese; pero quien soy yo no estuvo nunca en aquellas habitaciones, quien vive en mí no tiene manos que los demás puedan estrechar, ese que en mí yo conozco no tiene calles por donde pasar, a no ser que sean todas las calles, ni es posible que en ellas se le vea, a no ser que él mismo sea todos los demás.
Todos vivimos lejanos y anónimos; disfrazados, sufrimos desconocidos. A algunos, sin embargo, esta distancia entre uno y sí mismo jamás se les revela; para otros, ella es de vez en cuando iluminada, ya sea por el horror o la pena, por un relámpago sin límites; y hay otros para quienes ésa es la dolorosa constante y cotidianidad de la vida.
Saber bien quiénes somos no es algo que podamos lograr nosotros, ya que, cuando pensamos o sentimos, es siempre una traducción; ya que lo que queremos o aquello que no quisimos, nadie por ventura lo quiso –saber todo esto a cada minuto, sentir todo esto en cada sentimiento, ¿no significará ser extranjero en la propia alma, un exiliado de las propias sensaciones?
Pero la máscara que estuve contemplando fijamente, que hablaba en la esquina con un hombre sin máscara en esa noche de fin de carnaval, extendió, por último, la mano y se despidió riendo. El hombre natural siguió a la izquierda, por la calle lateral en cuya esquina estaba. La máscara –disfraz sin gracia- siguió adelante, alejándose entre sombras y luces irregulares, en una despedida definitiva y ajena en la que yo estaba pensando. Sólo entonces me di cuenta de que había en la calle algo más que los faroles prendidos e inquietando allí donde no estaban, un lugar impreciso, oculto, mudo, lleno de nada como la vida...

(Pessoa, Libro del Desasosiego, frag. 433)

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