Monday, March 27, 2006

El huevo o la gallina.

En una de mis pasadas por el Hostelling International Santiago –mi Hogar de Cristo personal- comparto pieza con un israelí que por azar nació hace veintitantos años en Santiago y ahora viene a conocer “su cuna”, el infaltable argentino y un francés, Daniel. En la mañana Daniel me arma conversación: como la mayoría de loa viajeros es bien instruido y me comenta sus impresiones sobre el país: en particular el fenómeno Bachelet, que es lo que está de actualidad. Me dice que le parece un gran gesto que hayamos elegido un presidente mujer, pero que eso le había hecho pensar que era una sociedad muy abierta, tolerante, liberal, qué sé yo, y bueno, se ha encontrado con que las cosas no son tan así, para qué entrar en detalles, él no lo hizo porque como dije era muy educado, yo no lo hago para no amargarme. Le expongo mi punto de vista: que el género de la Michelle es un accidente, que se dio el caso que reúne una serie de requisitos y características que hicieron de ella the right person in the right place at the right time, que ser mujer puede haber sido un punto a favor, pero a excepción de algunas feministas acérrimas, pocos deben haber tomado en cuenta su sexo a la hora de votar. Pero que de alguna manera espero que detalles como éste nos vayan ayudando en lo de la tolerancia, que no es algo que vaya a suceder de la noche a la mañana pero no hay que perder la esperanza de que algo se avance. Que a lo mejor en este caso sea bueno echarle padelante aunque no sea claro qué es lo primero, si el huevo o la gallina, tal vez sea una forma válida de progresar, una especie de política de hechos consumados. De aquí mismo viene mi principal objeción al libro de Villegas, ya que estamos en esto: que una de sus tesis principales es que por más que nos vistamos con ropajes de gente desarrollada no logramos nada si todo el mundo se sigue comportando igual que siempre. Pero, ¿y si fuera al revés? ¿Si las apariencias nos hicieran creernos el cuento, y de tanto hacer como si fuéramos un país serio termináramos por convencernos y llegar a serlo efectivamente? Más aún, de tanto creernos gente seria es muy posible que lleguemos a un punto en que la opinión de los demás nos obligue a comportarnos como tales, que de tanto cacarear delante de argentinos, brasileños y todo el mundo que somos confiables, nos veamos obligados a ser consistentes con nuestro discurso. No estoy diciendo que esto vaya a ocurrir necesariamente, pero tampoco puedo descartarlo a priori, después de todo nunca he visto a un país salir del subdesarrollo y tampoco sé si hay una receta única. Alguna vez participé en forma activa del proceso (tal vez vuelva a ese trabajo en el corto plazo) proyectando autopistas de primer nivel y me preguntaba qué sentido tiene hacer proyectos de esa magnitud para estos atorrantes con plata, pero al final encontré esta objeción que no pude eliminar. ¿Y si ése fuera el camino? ¿El huevo o la gallina? ¿Qué va primero?

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