Responsabilidad, control, realidad e ilusiones.
A ver si le puedo hincar el diente a esto, que es bien complicado y algo antipático, pero por eso mismo no suele ser discutido con la frecuencia que merece. Partamos por lo básico: que no es trivial hacerse responsable de los propios actos, que posiblemente debiera constituir el fin último de la educación -al menos en su aspecto social- y tal vez hasta de la vida misma. Que quienes lo logran llegan a ser vistos como seres excepcionales, porque lamentablemente lo son en términos estadísticos. Pero, ¿qué pasa con los demás, con toda la gran masa que está lejos de tener el carácter, la madurez, el valor y la generosidad para llegar a tomar el control de su vida, a pesar de las increíbles fuerzas en contra? ¿Son capaces de asumir su penosa condición? Pareciera que no. Que nadie es capaz de reconocer en su fuero interno que no es capaz de asumir el control de sus acciones (dada sus circunstancias) y de esta forma hacerse plenamente responsable de si mismo. De ahí surge una necesidad de creer que se tiene el control aunque toda la evidencia indique lo contrario: ¿qué hace el individuo común en este caso? La solución usual es la negación brutal: alterar la realidad si resulta molesta. Esta necesidad parece estar ligada no sólo a la dignidad, sino a la propia identidad y salud mental del individuo. En mi entorno, al menos, yo la he visto manifestarse con una desesperación que la convierte en una de las mayores fuerzas en el ámbito de lo humano: el sujeto es capaz de modificar por completo la realidad con tal de no aceptar que es un mero juguete de su entorno, altera toda la historia para no tener que renunciar a la ilusión del control. Puede llegar a hacerlo por décadas, llegando al fin a convencerse de que las cosas fueron como él dice que fueron.
Lamentablemente, por lo delicado del tema, no es posible profundizar el análisis ni menos ilustrar con ejemplos puntuales. Baste decir que es cosa de mirar. Pero bueno, el ideal de tolerancia es uno de los pilares básicos de este espacio, así que cada quien creerá lo que quiera creer. Y eso está bien.
A ver si le puedo hincar el diente a esto, que es bien complicado y algo antipático, pero por eso mismo no suele ser discutido con la frecuencia que merece. Partamos por lo básico: que no es trivial hacerse responsable de los propios actos, que posiblemente debiera constituir el fin último de la educación -al menos en su aspecto social- y tal vez hasta de la vida misma. Que quienes lo logran llegan a ser vistos como seres excepcionales, porque lamentablemente lo son en términos estadísticos. Pero, ¿qué pasa con los demás, con toda la gran masa que está lejos de tener el carácter, la madurez, el valor y la generosidad para llegar a tomar el control de su vida, a pesar de las increíbles fuerzas en contra? ¿Son capaces de asumir su penosa condición? Pareciera que no. Que nadie es capaz de reconocer en su fuero interno que no es capaz de asumir el control de sus acciones (dada sus circunstancias) y de esta forma hacerse plenamente responsable de si mismo. De ahí surge una necesidad de creer que se tiene el control aunque toda la evidencia indique lo contrario: ¿qué hace el individuo común en este caso? La solución usual es la negación brutal: alterar la realidad si resulta molesta. Esta necesidad parece estar ligada no sólo a la dignidad, sino a la propia identidad y salud mental del individuo. En mi entorno, al menos, yo la he visto manifestarse con una desesperación que la convierte en una de las mayores fuerzas en el ámbito de lo humano: el sujeto es capaz de modificar por completo la realidad con tal de no aceptar que es un mero juguete de su entorno, altera toda la historia para no tener que renunciar a la ilusión del control. Puede llegar a hacerlo por décadas, llegando al fin a convencerse de que las cosas fueron como él dice que fueron.
Lamentablemente, por lo delicado del tema, no es posible profundizar el análisis ni menos ilustrar con ejemplos puntuales. Baste decir que es cosa de mirar. Pero bueno, el ideal de tolerancia es uno de los pilares básicos de este espacio, así que cada quien creerá lo que quiera creer. Y eso está bien.

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